Este libro aborda nueve historias de importantes personajes de la política chilena, incluyendo los tres últimos presidentes: Michelle Bachelet, el fallecido Sebastián Piñera y Gabriel Boric, además de quienes se perfilan para las elecciones de 2025 y otras destacadas figuras de la contingencia. Estos retazos cotidianos profundizan en su psicología y se mezclan con los temblores sociales del último tiempo, dejando dudas razonables en historias ubicadas tan cerca y a la vez tan lejos de la vida de la población. Relatos abiertos cuyas arterias confluyen en un breve guiño de lo que promete ser la versión internacional de la saga.

Fragmentos
SPM

🔎
Pese a que se había acostado casi a la una de la madrugada revisando distintos proyectos, el presidente llegó al Palacio de La Moneda a las 6:32 a.m. Todos estaban pendientes desde hacía varias semanas. Aunque había hecho un esfuerzo adicional de concentración, le había costado mucho sacarse de la cabeza el tema del rescate.
Como era habitual, entró por la puerta principal frente a la plaza de la Constitución y subió a gran velocidad las escaleras que lo conducían a su despacho. En ese momento solo estaba una de sus tres secretarias —que se turnaban cada ocho horas para cubrir las veinticuatro horas del día—, quien pese a estar acostumbrada a verlo aparecer en horarios muy especiales, quedó sorprendida cuando entró. Piñera apenas se percató de su presencia y le hizo un saludo muy poco expresivo, señalándole:
—Carmen Gloria, por favor, en cuanto llegue que pase de inmediato.
Luego el mandatario se acercó y agregó en voz baja y mirándola fijamente a los ojos.
—Por favor, le pido máxima discreción sobre esta reunión, ¿entendido, Carmencita?
Se decía que el periodista, hombre clave de las comunicaciones de la dictadura, incluyendo sus pasos por los departamentos de prensa de Canal 13 y TVN, contaba en su historial con el poco honorable montaje de la exseñora de Lagos en la franja del SÍ, así como un par de «producciones» para desviar la atención, como el paso del cometa Halley y la Virgen de Villa Alemana.
Entró con un cierto aire de timidez al despacho presidencial. Aunque había estado muchas veces ahí, hacía casi veintiún años de su última visita. A Piñera lo conocía muy poco. Un par de veces habían intercambiado ideas, en un espacio informal, de cómo manejar las comunicaciones de un Gobierno. Pero no había nada que le hiciera intuir por qué lo había citado el presidente a esa hora, aunque la posibilidad de que estuviera vinculado al caso de los mineros era una pista bastante lógica.

MB
🔎
María Angélica llegó corriendo a la terraza. Estaba alterada, la delataba su rostro. Estiró la mano con un evidente temblor y le pasó la revista. Ella se mantuvo recostada en la hamaca por varios segundos sin ninguna expresión, como si no quisiera interrumpir su descanso, el que había comenzado solo un par de días antes. Lentamente, se fue incorporando hasta quedar sentada y dejó la revista en el suelo, sin mirarla.
—¿Pasó algo que tienes esa cara? —dijo con evidente molestia mientras levantaba sus lentes de sol hasta dejarlos como un cintillo en la cabeza.
—Sí, creo que debes ver la Qué Pasa ahora, viene un reportaje que tienes que leer… —respondió con voz entrecortada.
La presidenta la miró de reojo. El sol le daba en pleno rostro, por lo cual solo podía observar la silueta de su amiga. María Angélica había escapado del frío invierno de Roma para acompañarla, como todos los años, en las sagradas vacaciones de Michelle Bachelet en el lago Caburgua. Conocida como Jupi, María Angélica había llegado cuarenta y ocho horas antes a Chile y tenía muchas ganas de compartir sus impresiones de sus primeros diez meses viviendo en Europa. La verdad es que después de haber ocupado distintos cargos y responsabilidades durante el segundo mandato de la primera mujer que llegó a la presidencia de la República, había decidido pasar a tener un rol más secundario, integrándose a la fundación ligada a la mandataria.
Hasta que, un sábado, su amiga del alma la descolocó mientras almorzaban en su casa, con una pregunta a la que tuvo respuesta inmediata.
—¿Te has imaginado alguna vez viviendo un tiempo en una ciudad que te guste mucho?
—Roma —respondió ella sin titubeos.
Un mes después, aterrizaba en la capital italiana para asumir como agregada de prensa del Gobierno de Chile.
JM

🔎
Jaime Mañalich ingresó lentamente al despacho del presidente. Se sacó la mascarilla, extrajo del bolsillo de su chaqueta un pequeño envase de alcohol gel y se restregó las manos varias veces, ante la mirada algo desconcertada del presidente. Avanzó sin acercarse a él y se sentó en un sillón individual. El mandatario tuvo el impulso de saludarlo, pero el médico le hizo un gesto que lo obligó a detenerse.
—Ya sabes, soy un viejo de riesgo —dijo esbozando una sonrisa forzada.
—Vengo llegando de la oficina de Cristián, las cosas no se ven tan mal después de todo –contó con entusiasmo Piñera mientras le dejaba en la mesa de centro unos documentos. Mañalich los tomó y los hojeó con poco entusiasmo.
—¡Ah!… Te referías a las encuestas —respondió irónico.
—Tu pega está en control, Jaime, lo estamos haciendo bien. No te puedo negar que el informe de JP Morgan me levantó el ánimo —dijo el presidente—. ¿Cómo estás tú? Me preocupa tu salud, te estás poniendo muy audaz. No me gusta que te vayas a meter a los hospitales y menos a los hogares de ancianos. No quiero después que la María Cristina piense que yo te estoy arriesgando o que la puedas contagiar —agregó con tono paternal.
—Tú sabes que no me puedes pedir eso. Además, esto lo he hablado con ella y también con los chiquillos. Si me contagio, al menos tengo reservado un ventilador —respondió con una risa poco espontánea.

CT
🔎
Carolina salió de la habitación en silencio. No quiso mirar atrás, y mucho menos fue capaz de llorar, pese a que tenía un nudo en la garganta. Tampoco quiso tomar la mano de su madre, que se la extendió suavemente, aunque las rodillas le tambaleaban y sintió que en cualquier momento se desmayaría. Caminó lento por el largo pasillo, como en cámara lenta, bajo la atenta mirada de numerosas personas vestidas de blanco y celeste, que murmuraban en voz baja. Tenía náuseas, pero respiró profundo, se afirmó en la pared un segundo y siguió caminando sin levantar la vista.
De pronto sintió un frío sepulcral cuando la punta de una metralleta, que portaba un soldado joven que no pasaba los veinte años, le rozó la espalda. El nerviosismo del militar lo hizo solo atinar a mirar a su madre, como pidiéndole disculpas. Moy tomó en andas a José y lo apretujó con su brazo izquierdo, y con la mano derecha tomó a la niña, con fuerza, sin dejarle espacio para que la soltara.
Esa mañana fue la única y última vez que vieron al exministro de Allende con vida en el Hospital Militar. Luego de recurrir a la justicia y a algunos contactos que Moy aún tenía en el Ejército, autorizaron al grupo familiar para entrar durante cinco minutos a verlo. “La vida es eterna en cinco minutos”, pensó durante años Moy. José Tohá estaba en un delicado estado de salud, postrado, producto de las atroces torturas recibidas durante su larga detención. Aunque no los dejaron acercarse ni que se abrazaran, él les sonrió y los miró con dignidad y amor. No podía hablar, tenía la cara y la mandíbula hinchada. Moy comprendió de inmediato que la habían dejado verlo solo como un acto de crueldad, pero que ella resignificó como una despedida.
¿Quieres leer más? Reserva tu ejemplar o consigue el eBook o el libro físico en Amazon
